EL CAMINO ES LA META

 Nací y crecí en el campo. Desde niño me conecté con la naturaleza. Mi padre cultivaba la tierra y compartí con él la vida de animales y plantas. Con mis hermanos disfruté los juegos sanos del ambiente rural y nuestro espacio para divertirnos era ilimitado. Explorar un río o una montaña se convirtió en algo cotidiano.

Quizás por todo esto aprendí a disfrutar de tantas cosas bellas y hermosas, deteniéndome en los detalles como era apreciar a una abeja mientras recolectaba el polen de las flores y que luego depositaba en la colmena. Mirar cómo el gusano se transformaba en oruga y luego en mariposa multicolor que salía a polinizar las plantas.

Fabricaba juguetes con materiales caseros como un simple palo de escoba convertido en caballo o un tronco de madera con cuatro ruedas del fruto de la jabilla era un camión que se desplazaba por carreteras improvisadas bajo los cacaotales interminables que llegaban al patio de la casa.

Ahora en la distancia del tiempo, puedo apreciar la prisa en que vive nuestra sociedad, ajena totalmente a la tranquilidad de una montaña o del ambiente fresco de la sombra de un mango, que además nos saluda con deliciosos frutos.

Nuestro país es rico en parques nacionales, repletos de vegetación y de aguas frescas. Muchas personas disfrutan excursiones y viajes a diversos destinos por caminos diferentes, pero he podido observar, cómo en la mayoría de los casos se pierden el disfrute porque toda su atención está concentrada en una meta que cuando se consigue se pierde la magia y el encanto del sendero.

Nuestra vida es también similar a todos estos viajes. Muchas veces, la meta no está clara, es una nebulosa. Se cifra en el tener, raramente en el ser. Por eso se pierde el regalo más preciado del presente, repleto de gratas experiencias en todo momento.

Si hacemos del camino la meta, tendremos la oportunidad de un disfrute pleno, diario y constante, porque sean cuales fueren nuestras experiencias, siempre guardarán una valiosa enseñanza para todos nosotros.