Un día José pasó frente a la casa de un médico que salía para su trabajo y en un gesto de cortesía le sonrió y le ayudó a cerrar el portón de hierro que daba a la calle. Por coincidencia, la escena se repitió en tres ocasiones en menos de una semana, hasta que un día José le dijo: “Señor ¿usted necesita quién le haga lo mandao?”. El médico le contestó: “no”, pero sus sentimientos de simpatía hacia el chico crecieron y en una ocasión le dijo: “Mira muchacho, voy a querer que me realices algunas diligencias y te pagaré de acuerdo a lo que hagas”. José asintió y poco a poco se convirtió en el mensajero personal del Dr. Frank.

Un paciente que tenía una agencia de bienes raíces se encontró un día con José en la recepción del consultorio y quedó fascinado del muchacho, que ya había cumplido los 16 años. Lo convenció para que se fuera a su negocio ayudando en el cobro de las mensualidades de los clientes.

Como la ciudad era grande, José tenía que caminar a pie visualizando en sueños una bicicleta que aliviara sus extenuantes caminatas. Se decía: “cuando tenga una bicicleta estaré tranquilo y habré alcanzado la felicidad”.

José no tardó en obtener una bicicleta, pero parece que ahí no estaba la felicidad. Se quejaba del sol, la lluvia y de que se le ensuciaba el ruedo de los pantalones con la grasa que contenía la cadena. Ahora vivía soñando con una moto en la cual no tuviera que dar pedales, donde las diligencias se harían más rápido y podría ganar más dinero.

Como joven trabajador, José no tardó en conseguir su moto, cuyo disfrute no fue saboreado ya que se dio cuenta de que en la moto se seguía mojando, le daba el sol y la gente le decía que era muy peligroso. José entonces se dijo: “lo que yo necesito es un cacharrito que me permita hacer mis diligencias montado y sin mojarme” y pronto llegó la oportunidad adquiriendo un carro de dos puertas, pequeño, pero en muy buen estado.

El mismo día que adquirió su vehículo, mientras esperaba el cambio de luz en un semáforo, se paró a su lado un lujoso carro y José se visualizó en todo ese confort diciéndose a sí mismo: “eso es lo que yo necesito, después que tenga un carro así ya estaré tranquilo, esa será mi felicidad”.

José fue conociendo gente de diversos ambientes y pronto se involucró en negocios ilícitos donde lo único que le importaba era el dinero. Pronto adquirió un carro último modelo de marca reconocida, compró tierras y amplió sus relaciones. Se dio cuenta de que en vehículo tenía limitaciones para hacer sus diligencias de visitar sus propiedades esparcidas en diferentes zonas del país y adquirió un helicóptero con lo cual pensaba conseguir la felicidad. Pero sus relaciones aumentaron y tenía que salir a reuniones y asuntos de negocios al exterior por lo que tuvo que comprar un jet para estar más tranquilo.

Enterado de un viaje a la luna, estimó que podía sacarle provecho estableciendo algún tipo de negocio y decidió viajar, muriendo a los dos minutos de despegue por una explosión del cohete.

Tenía 29 años y no había vivido ni uno solo, ya que su vida siempre fue un sueño futuro, nunca un ahora.